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Prólogo de "al mundo no le importa si vos llorás"

      Finalmente, este viernes saldrá a la luz (o las tinieblas, según prefiera) mi libro. Sí, hoy me confirmaron que al mundo no le importa si vos llorás pronto estará en las calles...
      Para apaciguar la ansiedad, acá les dejo el prólogo completo que tiene el libro... que lo disfruten...

   <<Hace un tiempo atrás recibí una pila de papeles y un pedido. Los papeles eran el manuscrito de este libro y el pedido, el de un prólogo. No tardé en abocarme a la lectura y descubrir el particular universo que me proponía este autor. 
   Ya desde el título, el libro me interpelaba con su ausencia de mayúscula inicial [este escritor, ¿sabrá escribir, digo yo?], con su voseo confianzudo, con esa afirmación tan contundente como impertinente [“no le importa, ¿entendés? ¡qué le va a importar…!”].
   Incitada por la curiosidad y por cierto aire desafiante del título, abrí la primera página y me encontré con el primer cuento, “El camino de regreso”, y con una frase del querido Manuel Puig: “No creo en eso de vivir el momento, Molina, nadie vive el momento. Eso queda para el paraíso terrenal.” Ese fue el segundo momento en que me quedé con la mirada clavada en la hoja, pero sin leer: mi mente divagaba [¿De dónde regresa el camino? ¿Quién o qué regresa? ¿Será que es un camino hacia un tiempo en vez de hacia un lugar…?].
   Casi sin darme cuenta, la historia transcurría frente a mis ojos, ya no a través de caracteres de tinta negra, sino bajo la forma de imágenes vívidas que las palabras del autor generaban en mi mente.    Es eso, el estilo en que están escritos estos relatos está impregnado de cotidianidad, tanto que a veces la encontramos asfixiante y otras, insólitamente llena de poesía. ¿Qué más decir? La lectura me atrapó: seguí leyendo.
   Segundo cuento, “Temporal”: 
Observaba el lento peregrinar urbano, con sus embotellamientos y sus manifestaciones, con su malhumor y sus olores, con sus oficinistas y sus vendedores ambulantes y con ese ‘no-sé-qué’ que siempre le dio tristeza”.
   ¿Puede no pasar nada y al mismo tiempo estar pasando muchas cosas? ¿Puede la ternura quebrar la miseria de la rutina? Leo y el relato me responde. Sigo. El tercer relato es el que le da el título al libro y –sin dudarlo– redondeo con una birome “bic” la frase inicial, dura y contundente como un “cross a la mandíbula”:
el reloj da las 5:30, volviéndolo a esa realidad menos real que la realidad de los sueños.
[Y dale con negarse a usar las mayúsculas… me enloquece, todo el relato parece una sola frase, la lectura me resulta vertiginosa. Un detalle: le robo al autor estos corchetes que uso para escribir el presente prólogo.]
   No es mi intención aquí comentar los pormenores de la lectura de cada uno de los relatos que integran este volumen, sino simplemente, compartir la experiencia de mi primera lectura de ellos y, para qué negarlo, cometer una “apología” de estos cuentos. 
   Desde el comienzo, y durante toda la lectura del libro, varias veces tuve que volver a leer lo escrito una y otra vez porque me encontraba con que mi mirada atravesaba todo un párrafo, pero mis pensamientos se habían quedado anclados en el anterior. Creo que esto constituye una característica, no de los relatos en sí, sino de la forma en que son leídos. Imposible no detenerse en algún punto [con la mente en silencio o apabullada de imágenes].
   Luego, dejando de lado al lector, sólo por un momento, noté que los personajes parecerían ser de carne y hueso [detalles cotidianos: una marca de cigarrillos que fumaban los abuelos, una esquina conocida, el olor a tierra mojada, esa sensación de angustia que seguramente todos experimentamos alguna vez].
   El autor, Cristian Walter [un famoso “vendehúmos” de estos pagos, lo sé porque lo conozco hace tiempo…], nos engaña haciéndonos creer que estos personajes pueden ser nuestros vecinos, incluso nosotros mismos. La narración se nos hace cercana, habitual: tal vez tomamos un “Ciento diez” esta misma mañana, o estuvimos metidos anoche en una guarida de almas en pena tomando un trago, como aquel bar de atmósfera pastosa  y cuerpos lujuriosos del cuento “Voyeur”.
   Se me ocurre –ahora– que en todos los relatos subyace una búsqueda, de no se sabe bien qué [un lugar una persona un momento un objeto una razón]. Buscar, aunque no se encuentre. Caminar, indagar, recorrer, explorar. Tal vez el secreto sea estar en movimiento.
   Recuerdo el título del primer cuento [“El camino de regreso”] y pienso que tal vez todos –autor, personajes y lectores– transitamos los caminos de estas historias. De distintas maneras, claro. Algunos, como Raúl, con ciertas nostalgias por lo perdido, o peor aún: por lo que no va a pasar jamás. Otros, en cambio, como Margarita, con la alegría de vivir con los cinco sentidos más despiertos que el sofocante sentido común. En cada cuento alguien parece andar un camino [¿Andar será algo que uno hace voluntariamente o será un instinto, un mero acto reflejo humano?]
caminar andar buscar esperar [¿para qué, si todo es efímero, si a nuestras vidas se las traga el tiempo y el olvido; si, en definitiva, al mundo no le importa –¡qué le importa!– si vos llorás?] Esto lo sabe bien el protagonista de “El baño”:
Había perdido la noción del tiempo; no sabía cuánto llevaba sentado, meditando. Tal vez el tiempo ya no corría de la misma manera; tal vez el espacio se había reducido a ese instante; tal vez el todo y la nada se habían fusionado en esa idea. Y si el mundo se detuviese por un segundo, ¿desistiría? ¿cambiarían sus planes?Miró a su alrededor y no había nadie. Estaba solo.
   Hay que decir que no es difícil caer en la melancolía.
   Luego, al dar vuelta la última hoja de “El baño”, me encontré con una nueva portada que anunciaba “quereme así…” [y cómo no recordar a la Luna rodando por Callao] Me predispuse a leer algo diferente de lo anterior. En esta página el autor pedía algo que no puede pedirse. Me conmovió cierta ingenuidad en esa frase [además de la exposición total, la honestidad brutal, el último desesperado recurso que implica rogar a alguien: quereme, quereme así…].
   Al leer esta parte del libro, supuse –y el autor me lo confesó después– que era un bloque diferenciado del resto de los cuentos. “Esas manos”, “te voy a extrañar” y “La perfección del amor” integran este grupo en donde el autor pareciera explorar algunas de las formas posibles del querer. 
   Subrayo con la misma “bic” de antes esta frase, que me resuena por lo crudamente cotidiana: “Siente el peso de los años en sus huesos y en la humedad de las paredes –recuerda, sobre todo, aquella mancha del living y piensa en la discusión que ocurrió días atrás, por culpa de esa misma mancha pensar que estuvimos cinco días sin hablarnos, dice en voz baja–.” [levanto la mirada de la hoja y vuelvo a perderme en mis laberintos mentales].
   En el segundo cuento de este “terceto” Carla e Iván se buscan denodadamente aunque no logren concretar el encuentro [o tal vez sí, tal vez están más unidos que nadie, pero lo ignoran…]. Ya finalizando la lectura del libro me encuentro con una mujer obsesionada con la perfección en todas sus aristas: empeñada en conseguir el amor perfecto, la unión perfecta [se me vienen a la cabeza los versos de los místicos, el inefable San Juan de la Cruz y la “amada en el amado transformada…”].
  Di vuelta la última hoja, la del final, y quedé frente al índice. Repasé los títulos evocando cada uno de los cuentos, nuevamente con la mirada suspendida en el aire. Como dije, pienso que esa es una de las grandes cualidades de este libro: abre caminos, propone posibilidades. No se cierra a conclusiones contundentes e irrefutables.
   Creo que Cristian Walter, el autor de estas páginas, debe de pensar algo similar. Si no, nos daría cuentos perfectamente empaquetados, con moño y todo. Cuentos que pudiéramos leer en la cama, a la luz tenue de un velador, para luego dormirnos con una sonrisa beatífica en los labios. Afortunadamente, no es así. Por eso es que los incito a ustedes, lectores, a andar estas páginas y a disfrutarlas y aprovecharlas tanto –y ojalá que más– como yo lo hice.

Carolina Arias>>

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