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Salón de baile

  Las boquillas húmedas vomitan sus últimos suspiros humeantes desde el fondo de sus nichos de aluminio.

  Mientras duermen en el suelo, las patas cojas de las mesas del salón sueñan con ser testigos de infieles caricias furtivas.


  Las luces, cansadas de no pestañear después de haber aprendido a dormir con los ojos abiertos, lanzan bostezos intermitentes, fastidiando a la pareja de ancianos que, desde hace rato, miran de reojo los mimos que las jóvenes se propinan a sí mismas cada vez que son observadas por los espejos.

  Un viejo afónico y sordo parlante aúlla, desde la esquina, un tango oxidado, suplicando paz, rogando silencio o un vaso de agua.

  Un par de tacos besan las baldosas gastadas, al mismo tiempo en el que, ajenas a toda sensiblería cursi, las sombras profesan eróticos arrumacos a las figuras dibujadas por el viento y las faldas, que se chocan unas a otras, golpeándose para ser protagonistas.

  Las suelas de los zapatos que llevan consigo la humanidad de un mozo miran con envidia a sus colegas de baile y piensan en huir tras ellos, al finalizar la desteñida tanda musical.

  Los cristales de las ventanas van dejando paso a la luz solar, exhalando el vaho que despiden los cuerpos de los bailarines.

  El día entra pidiendo permiso y, de paso, la noche aprovecha el cambio de turno y se retira a descansar: mañana será otra noche.

Enero 2010
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