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Salón de baile

  Las boquillas húmedas vomitan sus últimos suspiros humeantes desde el fondo de sus nichos de aluminio.

  Mientras duermen en el suelo, las patas cojas de las mesas del salón sueñan con ser testigos de infieles caricias furtivas.


  Las luces, cansadas de no pestañear después de haber aprendido a dormir con los ojos abiertos, lanzan bostezos intermitentes, fastidiando a la pareja de ancianos que, desde hace rato, miran de reojo los mimos que las jóvenes se propinan a sí mismas cada vez que son observadas por los espejos.

  Un viejo afónico y sordo parlante aúlla, desde la esquina, un tango oxidado, suplicando paz, rogando silencio o un vaso de agua.

  Un par de tacos besan las baldosas gastadas, al mismo tiempo en el que, ajenas a toda sensiblería cursi, las sombras profesan eróticos arrumacos a las figuras dibujadas por el viento y las faldas, que se chocan unas a otras, golpeándose para ser protagonistas.

  Las suelas de los zapatos que llevan consigo la humanidad de un mozo miran con envidia a sus colegas de baile y piensan en huir tras ellos, al finalizar la desteñida tanda musical.

  Los cristales de las ventanas van dejando paso a la luz solar, exhalando el vaho que despiden los cuerpos de los bailarines.

  El día entra pidiendo permiso y, de paso, la noche aprovecha el cambio de turno y se retira a descansar: mañana será otra noche.

Enero 2010
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No es casual

No es casual que quiera gritarle al mundo que aún existo
que llevo tu aliento apretado contra mi pecho,
embarrándome de pies a cabeza mientras me ata los tobillos.

No es casual que te piense en la soledad de la cocina
sumergido en el humo de mi pipa
y cegado por el brillo de la pantalla.

No es casual que te busque en cada recoveco de la casa
en la alacena, detrás de las verduras, dentro del frasco de café
en fondo húmedo del mate.

No es casual que no sepa respirar sin tu recuerdo
que no pueda caminar sin el remolino que provoca tu cadera
sin la turbulencia que deja tu andar.

No es casual que todo te traiga a mi cabeza
el sonido de los pájaros, los ladridos de Manyula,
el goteo insistente de la canilla de la cocina.

No es casual que revise tu respiración cada segundo de la noche
que duerma intranquilo en tu abrazo
que me pierda en el movimiento de tus párpados.

No es casual, lo sé;
quizá por eso te escribo.

                                                          Noviembre, 2015
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El idioma hegemónico*

  –¿y ése? –preguntó curiosa.
  –Ése tiene forma de elefante –respondió la otra con aires de docente; aunque no sabía si era un elefante porque no conocía los elefantes, o los conocía pero no los llamaba elefantes; ese nombre fue impuesto por ellos, por aquellos, por los otros, no por ellas. Ellos nombraban a las cosas, rotulándolas con un idioma desconocido, con un idioma que a garrotazos fue llamando tigre a los tigres, cebra a las cebras, elefante a los elefantes. Ellas repetían el idioma hegemónico sin entender bien por qué lo hacían.
  –¿y aquél? –preguntó de nuevo la más chiquita.
  –¡qué sé yo! –respondió la otra con fastidio, mientras seguía mirando hacia abajo tratando de encontrarle forma a las  cosas.
  Luego, aburrida por el juego y abatida por la conformidad general, abrió su pecho y abandonó su amargura sobre la Tierra.

  Esa tarde llovió sesenta milímetros sobre el zoológico de la Capital. Quienes caminaban cerca juraban que el agua de la lluvia tenía un triste sabor salado.


*publicado en el libro TRAZOS TRIZAS TROZOS (cantamañanas, 2011)
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*Esa pelotita

  Tiemblan las sombras de frío y tiritan detrás de las lápidas. Saben que el aullido de la tierra húmeda es provocado por cada maquinalmente calculado cuchillazo de la pala de punta que la penetra, al tiempo que brilla resplandeciente y deja escapar la sonrisa socarrona.
  La brisa siente miedo y se queda agazapada en un rincón del cementerio.
  Las hojas evitan el bailoteo y los árboles están más silenciosos que de costumbre.
  El perro se lamenta la pérdida de su amo y se pregunta por qué cruzó la calle en busca de esa pelotita color rojo sangre.

*publicado en TRAZOS TRIZAS TROZOS (cantamañanas, 2011)
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Tan insuficiente [adaptación libérrima de otra locura lírica escrita hace tiempo]

Ya no tengo nada que perder,
no queda nada que ocultar,
ni redoblo mis apuestas.

Por esta ilusión de merecer que el tiempo debe perdonar
a los que no tienen respuesta, voy atravesando la pared
porque es difícil, hoy, volar, y no tentarse en los balcones.

Y aunque sea imposible de prever,
       ya ves,
me cuesta respirar
                            con tanta mierda en mis pulmones.

Hoy
todo es tan de menos
tan de más
                 tan insuficiente.

Hoy
todo es tan ajeno
tan mortal
                 inevitablemente

Cargo en mi espalda los porqués
de la discusión con mi destino
y alguna que otra yerba.

Y aunque esquivo con astucia los tal vez
me choco en mi camino con Sísifo y su piedra.

Voy rodando junto a mi niñez
y el tipo que ya no seré me pide explicaciones;

tras los pasos de alguna mujer [pálida e infiel] encuentro sus razones.

Hoy
todo es tan de menos
tan de más
                 tan insuficiente.

Hoy
todo es tan ajeno
tan mortal
                 inevitablemente

Descartando toda sensatez, sitiado por el más acá, maltrato una guitarra;
voy dejando atrás la lucidez y en mi cuenta personal sólo queda esta resaca.
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