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Larga noche

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí."
Augusto Monterroso

  
  Oscuridad. Frío. La humedad perforando los huesos. Antes... no, no recordaba el antes. Sentía que desde su antes hasta su ahora habían pasado días, meses... siglos. Siglos de vivir huyendo, temblando por las noches, escuchando un rugido a la distancia, o unas fauces moliendo huesos, o el quejido de algún infeliz que no corrió con la misma suerte. 
  Suerte, muerte, peste. Notaba la pestilencia de la caverna en la que ahora se encontraba pasando los segundos empapado en una oscuridad amenazante.
  Oscuridad, penumbra; ojos abiertos o cerrados, da igual.
  Ahora no se vislumbraba nada. No había ni siquiera esa luz primigenia que había originado las sombras que durante tanto tiempo lo habían perturbado. Quizás por eso sus párpados, pesados, no reaccionaban; no respondían, negándose a sucumbir ante la curiosidad.
  ¿Acaso no fue la asesina del gato? ¿y entonces? ¿por qué ahora él debería mostrar una valentía que nunca había tenido?
  Aún conservaba en el entumecimiento de sus ojos el vívido recuerdo de la última noche de luna llena. A lo lejos, correteando entre las rocas, derribando árboles, exhalando furia, la perturbadora figura del cazador voraz le recordaba su pequeñez en ese mundo al que pretendía conquistar. Ahora era ese recuerdo era el que lo perseguía como un depredador insaciable; el mismo que rugía durante las noches; el que lo acechaba entre sueños; el que lo llamaba sin nombrarlo.
  Oscuridad. Frío. Humedad. Pestilencia. Luz. Sí eso. Hubo una luz en el cielo que hizo temblar la tierra. Una luz que derrumbó cuevas, que infundió miedo, que trajo silencio. Una luz malvenida que apareció como una respuesta justiciera a sus súplicas; que impactó en la tierra para doblegar al depredador, para exterminar su poderosa tiranía. Ahora todo era calma -y oscuridad-, ahora todo parecía inmóvil, aletargado.
  Quieto estaba, tratando de oír ese asesino llamado gutural; ese ronquido inentendible que lo nombraba... pero no, no hubo nada. Un sofocante silencio sordo y profundo dominaba todo a su alrededor.
  Oscuridad. Frío. Humedad. Pestilencia. Silencio. Quietud. Nada del mundo se movía ni respiraba -excepto él-; nada del mundo ejercía la conciencia de la existencia -excepto él-.
  Creyó que por fin todo había acabado; que estaba solo en aquel mundo oscuro, frío, húmedo, pestilente, silencioso, quieto... o por lo menos lo imaginó.
  Sin embargo, en la espesa oscuridad, percibió una húmeda viscosidad cercana y ajena. Aún con los ojos cerrados tanteó a su alrededor y notó algo filoso que lo cortó. Lo agarró con cuidado, creyendo saber exactamente qué era, y se arrancó los ojos de cuajo: no vaya a ser que, al abrirlos, descubriera que el dinosaurio todavía estaba allí.


Junio 2014

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