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Lluvia, por la tarde

Vacío
a través de la ventana, sólo gotas
no todas caen
algunas se limitan a verme desde afuera
estrelladas contra el vidrio de la cocina
o detenidas por alguna hoja pegada en el cristal.
Yo me siento a tomar mate
mientras extraño el cigarrillo
y los besos amargos
y pienso.

Pienso en el tiempo y su paso lento y aplastante
pienso en cada promesa incumplida
pienso en calles recorridas, en jardines sin flores arrancadas
pienso en el pilón de postergaciones que me reclama
desde algún rincón de la casa
desde el cajón blanco de la mesita blanca del living
desde la montaña de hojas garabateadas en la mesa del comedor
y pienso en los últimos días y en los primeros.
Las despedidas siempre fueron buenas conmigo
dejaban pocas marcas
alguna que otra borrachera
y casi ningún recuerdo.

Por eso no entiendo por qué pienso
en los finales y en los principios.

Quizá sea la lluvia o el mate lavado
quizás, el prometedor ronroneo de la gata.

Quizá seas vos, acurrucada entre las sábanas
persiguiendo quiénsabequécosa, por quiénsabedónde
durante quiénsabecuánto.

Quizá sea ella, jugueteando sin saber, sin pensar, existiendo primero.

Quizá sea yo
o la melancolía de estos días de verano
o Billie susurrándome un the whole day through just an old sweet song
tan cerca de mis ojos, tan lejos de mis oídos.

No sé.

Simplemente tomo el mate
veo la lluvia
escucho Georgia on my mind
y mis manos escriben solas estas palabras
durante una lluvia, por la tarde, de un verano.
                                               
                                                                    Diciembre, 2014
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"Sobre los trazos de tiza borroneados de una rayuela"*, escrito junto a Carolina Arias

Corría el año 2011 y nos propusimos, junto a Carolina Arias, desafiar nuestros fantasmas y escribir una novela. Luego de quitar hojas, frases, capítulos completos, nos quedó una novela corta, concisa e interesante.
Nos necesitábamos mutuamente para esa aventura, ya que ninguno lograba concluir las novelas que nos habíamos propuesto escribir: ella culpaba a su constante impaciencia; yo, a mi paciente inconstancia.
Sin embargo, alineados los planetas, listas las lapiceras y las hojas lisas, preparado el mate con su verdor envolvente, nos sentamos durante semanas enterar a escribir en una plaza de Palermo; de largo pasaron los egos y las actitudes de 'divismo', y quizá por ello que decidimos no revelar quién escribió cada capítulo, ya que nos amalgamamos desde el principio.

Acá les dejo sólo una pequeña parte de la 'novelita', espero sepan disfrutar de la locura. [Lo que está entre corchetes es el separador que llevaba cada capítulo, en este caso es un microcuento]


Capítulo 3, Parte II      

[Pararse al borde, mirar a los costados, arriba y abajo también, flexionar las piernas, extender los brazos, tomar impulso y arrojarse al vacío: es la mejor manera de aprender a volar]

   Una copa derramando cerveza; dos manos cruzadas; cinco dedos tamborileando sobre una mesa de madera; tres jóvenes hambrientos de besos; dos botellas vacías; un perro callejero lamiendo el hocico de una gata solitaria; una peatonal ávida de historias pasionales; dos miradas que se funden; una confesión escapándose; cinco palabras apareciendo y una duda reproduciéndose una y otra y otra vez...

...así como te lo cuento... no, no estoy exagerando: está loco. Y ¿qué querés que le dijera, nena? Me quedé sin palabras, no me salió nada... como lo oís, nada. Trastabilló un poco pero no contestó. Porque ella es así... yo hice lo que tenía que hacer; tampoco puedo tirarme de una a la pileta, hay que tantear el terreno, imaginate si... hay que jugársela, macho. Uno tiene que decir lo que siente, porque no sabés si hay más oportunidades. No siempre es bueno esperar; además... él me descolocó. Fue como si los últimos años se borraran. Estaba temblando... como si tuviera frío, y le ofrecí mi campera, pero viste cómo es ella: se hizo la superada... ¡nada que ver! Él siempre cree que tiene que arreglarlo todo. Yo puedo arreglármelas sola, son todos... ¿sabés qué pasa? Si las tratás mal, se enojan –con justa razón, obvio–, pero si las tratás bien –te ocupás de ellas, sos atento, considerado– tampoco les conforma. Siempre falta algo... es difícil entenderlo, porque nadie –pero nadie nadie– en su sano juicio dice eso a la tercera vez de verse fue muy... ¡no fue muy rápido, che! Nos conocemos desde el secundario. Ella sabe cómo soy; no me cabe la gente careta que se cuida de lo que dice por... y sí, ya sé que no es momento de tener temores, porque él es distinto; pero lo distinto también es raro, y no me vas a negar que la rareza, a veces, roza la... ¡mirá! A mí no me parece una locura: sólo dije lo que sentía, y me salió así...

   La noche que cae sobre unos hombros descubiertos; el viento que detiene su marcha; las mesas que se pueblan de besos y gritos y abrazos y copas y adioses; la música que se cuela en la penumbra; las estrellas fugaces que ralentizan su marcha; los suspiros que cortan el silencio; las carcajadas que menguan soledades y las mismas cinco palabras que se repiten a tres centímetros de una oreja, en forma de susurro.

...no dudé. Ni se lo esperaba ¿sabés? Encima redoblé la apuesta y me acerqué con silla y todo... se me puso a dos centímetros de distancia. No sabía si darle un beso o escucharlo. El muy turro lo dijo tan despacito que le pedí que lo repitiera y me puse colorada... quiso decir algo, pero no pudo: abrió la boca y al toque la cerró. Apuró el vaso y le dio un trago largo. Se notaba que... encima tenía la boca seca. Cuando  me dijo ‘eso’ y lo repitió, tragué saliva y tosí. ¿Él? Largó una carcajada... ¿y qué querés? No me aguanté: la vi vulnerable y me dio ternura. Sólo pude reír. Vos sabés cómo es ella y estar en esa posición la puso incómoda... contra las cuerdas. Me sentí arrinconada. Después pedimos la cuenta y nos fuimos caminando hasta mi casa. Me acompañó en silencio; pero no ese silencio incómodo, el de los que no tienen nada que decir, sino el otro, el silencio de los que se están midiendo...

   El paisaje muta lentamente al compás de dos corazones agitados; las bocinas de los autos enmudecen; los semáforos se estancan en el verde o en el hombrecito caminante; las sombras aguardan agazapadas detrás de los postes de luz; las estrellas titilan en lo alto y la Luna muestra su otra cara.

...y fuimos caminando hasta su casa, tomados de la mano pero en silencio. Era como si los dos estuviéramos hablando pero sin emitir palabras... al llegar a la esquina, prendió un pucho. ¿Viste que él fuma cuando se siente incómodo? Entonces aproveché y lo encaré: le pregunté por qué me... yo sé que pasaron diez años y que somos diferentes, pero con Ceci es más fácil decir lo que siento: y cuando siento cosas como ‘esas’, las digo de una, no me achico... me miró a los ojos y tuve el impulso de besarlo, pero no quise romper... cada vez que cruzábamos la mirada, me sentía intimidado; el encanto de la situación se podía romper con un beso o una despedida, y no creo que ninguno estuviera dispuesto a hacerlo... llegamos a casa... tiré el pucho... abrí la puerta... la miré seriamente... me abrazó... apretándole la cintura... nos dimos un beso de despedida... y... sin dudar... seguro de mí... se acercó a mi oreja... a escasos centímetros y... me dijo... repitiéndole una vez más... ‘estoy perdidamente enamorado de vos’... sonrió... y dije adiós...

   Un cigarrillo encendiéndose; dos gatos huyendo a sus guaridas; cinco pájaros probando sus alas; tres gigantescas nubes dando paso a los rayos del sol; un amanecer secando el rocío; una ciudad empezando su lento peregrinar dominical; dos almas sonriendo y varias certezas surgiendo una y otra y otra vez.

*Novela corta, publicada en 2011 por cantamañanas
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ELENA*

“y luego, como si le hubieran soltado
los resortes de su pena, 
se dio vuelta sobre sí misma
una y otra vez, una y otra vez”
(Juan Rulfo)

  –porque ‘no’ y ¡listo! –dijo Elena. 
  
  Fue un ‘no’ rotundo y enfático, preciso y determinante; un ‘no’ tan amargo que las palabras que vinieran después estarían de más; sin embargo, el golpe seco del revés de la mano de Mario dejó en claro que ese ‘listo’ no había dado por terminada la conversación.
  Ella se frotó el lado de la cara donde el ardor aún se mantenía firme y detuvo las lágrimas antes de que se hicieran evidentes. no voy a llorar, se dijo a sí misma.
  Mario la miraba con la impunidad de los que saben que jamás recibirán respuesta. ‘a los perros los acostumbrás a los golpes –le había dicho su padre alguna vez–, se conforman con los huesos’, y él creció viendo a su madre acostumbrarse.
  
  –¿ve lo que me hace hacer? –le dijo Mario con tono amenazante. 

  Elena no respondió; no dijo nada; no hizo gesto alguno; sólo se frotaba la mejilla. En sus ojos, el vacío le disputaba el lugar a la resignación.
  
  –bueno, ahora vaya a bañarse; póngase linda que hoy debuta en El Paraíso, ¿entendió?
  
  Elena, inmóvil. el paraíso, pensó.
  
  –venga, venga, venga –la detuvo él–, no se vaya así tan de golpe. Venga, deme un beso –Elena obedeció– así está mejor... y sonría.
  
  Rumbo a la ducha, en su cabeza, aparecían un sinfín de recuerdos que revoloteaban sin cesar. [las tardes en la plaza tomados de las manos; las mañanas de mate; las flores secas entre las hojas de los libros; las cartas con corazones y ‘te quieros’, y... y... y ahora esto: golpes, amenazas y ‘El Paraíso’]
  ‘no es bueno estar sola’, le decía su madre, y Elena se lo repetía constantemente, seguido de la promesa de que ‘algún día...’ y ahí quedaba todo. algún día... ¿qué?, se preguntaba con frecuencia y nunca había podido responder.
  El agua tibia calmaba su espíritu y el ardor. Revisó en el espejo su cansancio y sus años. El paso del tiempo había sido considerado, pero la suerte se había olvidado de ella, y ella se había olvidado de vivir.
  Dos golpes en la puerta.

   –¡ya va! –contestó.
  
  Del otro lado un ‘dele que se hace tarde’ la había devuelto al mundo real, ‘al paraíso’ y a su después [‘algún día’].
  Estaba nerviosa: iba a debutar.

  –¡dele, carajo! –le gritó Mario.
  
  Elena abrió la puerta con la desnudez de su alma a la vista.
  Mario la observó detenidamente.
  
  –todavía se conserva –le dijo–. Cuando los muchachos sepan de usted, vamos a ganar guita rápido. Más de uno la espera ansioso.
  
  Elena no dijo nada.
  
  –quédese tranquila que no va a ser por mucho tiempo –trató de consolarla–. Cuando pase la malaria, vuelve a su vida normal... aunque si usted quiere seguir, yo no voy a ser quien la detenga. ¡Cuántos en el barrio le tienen ganas!
  
  Elena se alejó de él y fue a vestirse. Sobre la cama, Mario había dejado la ropa del debut: vestido de seda natural entallado y escotado, con la espalda descubierta y dos tiras que se anudaban al cuello; medias de red negras, con un entramado grueso y vulgar y botas taco aguja.
  Tomó la ropa estrujándola y, repitiéndose una y otra vez ‘no llorés, Elena’, empezó a vestirse frente al espejo.
  Pintó sus pestañas y sus párpados, y estaba terminando de peinarse cuando levantó la vista y vio el brillo en los ojos de Mario.   Instintivamente, llevó sus manos hasta el pecho y se cubrió el escote.
  
  –usted no se tiene que esconder de mí –le dijo él–; si se porta bien conmigo nunca va a tener problemas.
  
  Elena empezó a temblar. 
  Mario la tomó de la mano mientras se sentaba en la cama. Ella permanecía de pie frente a él que, de un momento a otro, se encontraba acariciándole las piernas, debajo del vestido, y luego las caderas.
  Elena sentía que se le erizaba la piel y la repugnancia se apoderó de ella. Ahora, las manos de Mario rozaban sus pechos.
   
  –usted sabe que siempre le tuve ganas ¿no? –Elena callaba–. Sí, lo sabe bien –le dijo lascivamente.
  
  De golpe, él se puso de pie y, agarrándola por el cuello, la hizo arrodillar al mismo tiempo en que se desabrochaba el pantalón. Ella no se inmutó y pudo contener las lágrimas; de todos modos, después vendría el debut.
  Mientras veía la ferocidad de Mario erigirse frente a sus ojos, Elena repasaba en su mente las imágenes de una vida que, a esa altura, le parecía ajena. [cenas románticas, velas aromáticas, pétalos de flores desparramados sobre el colchón, promesas sin cumplir, viajes imaginarios, ‘te amos’ de compromiso, besos con hiel, sal en los cuerpos, sexo lubricándole el alma, su madre repitiendo ‘no es bueno estar sola’, útero ocupado, tobillos hinchados, contracciones, respirar, exhalar, respirar... una voz preguntando cómo lo llamarían, una voz sentenciando ‘igual que su padre’, gritos... luz]. Mario disparó y gimió de placer; Elena soportó la presión de dos manos sujetándola por la nuca. Elena siempre soportaba.
  
  –le va ir bien... cuando se enteren los muchachos –repetía relamiéndose, mientras ajustaba su cinturón–. Ahora, apúrese: no llegue tarde el día del debut.
  
  Elena se paró parsimoniosamente y fue directo al baño. En el camino, acarició las fotos familiares colgadas en la pared, donde tres sonrisas daban por saldo una familia, y su mirada se entristeció.
Mario la aguardaba en el Dodge 1500 amarillo, fumando impaciente. Ella subió sin emitir palabra. El viaje fue silencioso y eterno. Llegaron a destino a la hora acordada. Un cartel desteñido indicaba la entrada al local, y una escalera descendente llevaba directo hacia su salón principal. Él bajó del vehículo y cruzó unas palabras con un hombre robusto. Regresó con aire triunfal, abrió la puerta y le señaló con la cabeza a Elena el camino que debía recorrer. Ella le besó la frente y fue directo a las escaleras. Mario subió al auto, arrancó y se alejó a toda prisa.
  Esa noche, Elena se dejó hacer, besar, tocar, llevar, golpear. no es bueno estar sola, había dicho su madre. Esa noche, Elena se dejó.
  La madrugada la encontró cansada, sucia y enmudecida. Todos los gritos que arrastraba consigo habían sido expulsados esa noche, la noche del debut, como un torrente incontenible. Caminaba como animal herido por las oscuras calles de la ciudad. El olor de los jazmines repelía su existencia; las sombras se abrían a su paso, alejándose. Percibía al viento perforándola con su dedo acusador.
  No sentía miedo. Caminaba sin saber a ciencia cierta el rumbo que seguían sus pasos. No temió siquiera cuando en la esquina de su casa tres hombres aguardaban nerviosos, como quienes regresan a la escena del crimen. Los atravesó sin mirar, sin oír, sin ser. Llegó al portón verde de su vecina y levantó la vista. Un cordón policial y algún que otro curioso anunciaban un muerto más. Roberta, la mujer del almacenero, la examinó detalladamente y dijo algo al pasar, murmurando: –¡Mirala a la viudita: de yiro mientras matan a su hijo...!
  
  Elena entró a su casa y respiró, ahora sí, la completa soledad.


*del libro al mundo no le importa si vos llorás 
(cantamañanas, 2014)


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Prólogo de "al mundo no le importa si vos llorás"

      Finalmente, este viernes saldrá a la luz (o las tinieblas, según prefiera) mi libro. Sí, hoy me confirmaron que al mundo no le importa si vos llorás pronto estará en las calles...
      Para apaciguar la ansiedad, acá les dejo el prólogo completo que tiene el libro... que lo disfruten...

   <<Hace un tiempo atrás recibí una pila de papeles y un pedido. Los papeles eran el manuscrito de este libro y el pedido, el de un prólogo. No tardé en abocarme a la lectura y descubrir el particular universo que me proponía este autor. 
   Ya desde el título, el libro me interpelaba con su ausencia de mayúscula inicial [este escritor, ¿sabrá escribir, digo yo?], con su voseo confianzudo, con esa afirmación tan contundente como impertinente [“no le importa, ¿entendés? ¡qué le va a importar…!”].
   Incitada por la curiosidad y por cierto aire desafiante del título, abrí la primera página y me encontré con el primer cuento, “El camino de regreso”, y con una frase del querido Manuel Puig: “No creo en eso de vivir el momento, Molina, nadie vive el momento. Eso queda para el paraíso terrenal.” Ese fue el segundo momento en que me quedé con la mirada clavada en la hoja, pero sin leer: mi mente divagaba [¿De dónde regresa el camino? ¿Quién o qué regresa? ¿Será que es un camino hacia un tiempo en vez de hacia un lugar…?].
   Casi sin darme cuenta, la historia transcurría frente a mis ojos, ya no a través de caracteres de tinta negra, sino bajo la forma de imágenes vívidas que las palabras del autor generaban en mi mente.    Es eso, el estilo en que están escritos estos relatos está impregnado de cotidianidad, tanto que a veces la encontramos asfixiante y otras, insólitamente llena de poesía. ¿Qué más decir? La lectura me atrapó: seguí leyendo.
   Segundo cuento, “Temporal”: 
Observaba el lento peregrinar urbano, con sus embotellamientos y sus manifestaciones, con su malhumor y sus olores, con sus oficinistas y sus vendedores ambulantes y con ese ‘no-sé-qué’ que siempre le dio tristeza”.
   ¿Puede no pasar nada y al mismo tiempo estar pasando muchas cosas? ¿Puede la ternura quebrar la miseria de la rutina? Leo y el relato me responde. Sigo. El tercer relato es el que le da el título al libro y –sin dudarlo– redondeo con una birome “bic” la frase inicial, dura y contundente como un “cross a la mandíbula”:
el reloj da las 5:30, volviéndolo a esa realidad menos real que la realidad de los sueños.
[Y dale con negarse a usar las mayúsculas… me enloquece, todo el relato parece una sola frase, la lectura me resulta vertiginosa. Un detalle: le robo al autor estos corchetes que uso para escribir el presente prólogo.]
   No es mi intención aquí comentar los pormenores de la lectura de cada uno de los relatos que integran este volumen, sino simplemente, compartir la experiencia de mi primera lectura de ellos y, para qué negarlo, cometer una “apología” de estos cuentos. 
   Desde el comienzo, y durante toda la lectura del libro, varias veces tuve que volver a leer lo escrito una y otra vez porque me encontraba con que mi mirada atravesaba todo un párrafo, pero mis pensamientos se habían quedado anclados en el anterior. Creo que esto constituye una característica, no de los relatos en sí, sino de la forma en que son leídos. Imposible no detenerse en algún punto [con la mente en silencio o apabullada de imágenes].
   Luego, dejando de lado al lector, sólo por un momento, noté que los personajes parecerían ser de carne y hueso [detalles cotidianos: una marca de cigarrillos que fumaban los abuelos, una esquina conocida, el olor a tierra mojada, esa sensación de angustia que seguramente todos experimentamos alguna vez].
   El autor, Cristian Walter [un famoso “vendehúmos” de estos pagos, lo sé porque lo conozco hace tiempo…], nos engaña haciéndonos creer que estos personajes pueden ser nuestros vecinos, incluso nosotros mismos. La narración se nos hace cercana, habitual: tal vez tomamos un “Ciento diez” esta misma mañana, o estuvimos metidos anoche en una guarida de almas en pena tomando un trago, como aquel bar de atmósfera pastosa  y cuerpos lujuriosos del cuento “Voyeur”.
   Se me ocurre –ahora– que en todos los relatos subyace una búsqueda, de no se sabe bien qué [un lugar una persona un momento un objeto una razón]. Buscar, aunque no se encuentre. Caminar, indagar, recorrer, explorar. Tal vez el secreto sea estar en movimiento.
   Recuerdo el título del primer cuento [“El camino de regreso”] y pienso que tal vez todos –autor, personajes y lectores– transitamos los caminos de estas historias. De distintas maneras, claro. Algunos, como Raúl, con ciertas nostalgias por lo perdido, o peor aún: por lo que no va a pasar jamás. Otros, en cambio, como Margarita, con la alegría de vivir con los cinco sentidos más despiertos que el sofocante sentido común. En cada cuento alguien parece andar un camino [¿Andar será algo que uno hace voluntariamente o será un instinto, un mero acto reflejo humano?]
caminar andar buscar esperar [¿para qué, si todo es efímero, si a nuestras vidas se las traga el tiempo y el olvido; si, en definitiva, al mundo no le importa –¡qué le importa!– si vos llorás?] Esto lo sabe bien el protagonista de “El baño”:
Había perdido la noción del tiempo; no sabía cuánto llevaba sentado, meditando. Tal vez el tiempo ya no corría de la misma manera; tal vez el espacio se había reducido a ese instante; tal vez el todo y la nada se habían fusionado en esa idea. Y si el mundo se detuviese por un segundo, ¿desistiría? ¿cambiarían sus planes?Miró a su alrededor y no había nadie. Estaba solo.
   Hay que decir que no es difícil caer en la melancolía.
   Luego, al dar vuelta la última hoja de “El baño”, me encontré con una nueva portada que anunciaba “quereme así…” [y cómo no recordar a la Luna rodando por Callao] Me predispuse a leer algo diferente de lo anterior. En esta página el autor pedía algo que no puede pedirse. Me conmovió cierta ingenuidad en esa frase [además de la exposición total, la honestidad brutal, el último desesperado recurso que implica rogar a alguien: quereme, quereme así…].
   Al leer esta parte del libro, supuse –y el autor me lo confesó después– que era un bloque diferenciado del resto de los cuentos. “Esas manos”, “te voy a extrañar” y “La perfección del amor” integran este grupo en donde el autor pareciera explorar algunas de las formas posibles del querer. 
   Subrayo con la misma “bic” de antes esta frase, que me resuena por lo crudamente cotidiana: “Siente el peso de los años en sus huesos y en la humedad de las paredes –recuerda, sobre todo, aquella mancha del living y piensa en la discusión que ocurrió días atrás, por culpa de esa misma mancha pensar que estuvimos cinco días sin hablarnos, dice en voz baja–.” [levanto la mirada de la hoja y vuelvo a perderme en mis laberintos mentales].
   En el segundo cuento de este “terceto” Carla e Iván se buscan denodadamente aunque no logren concretar el encuentro [o tal vez sí, tal vez están más unidos que nadie, pero lo ignoran…]. Ya finalizando la lectura del libro me encuentro con una mujer obsesionada con la perfección en todas sus aristas: empeñada en conseguir el amor perfecto, la unión perfecta [se me vienen a la cabeza los versos de los místicos, el inefable San Juan de la Cruz y la “amada en el amado transformada…”].
  Di vuelta la última hoja, la del final, y quedé frente al índice. Repasé los títulos evocando cada uno de los cuentos, nuevamente con la mirada suspendida en el aire. Como dije, pienso que esa es una de las grandes cualidades de este libro: abre caminos, propone posibilidades. No se cierra a conclusiones contundentes e irrefutables.
   Creo que Cristian Walter, el autor de estas páginas, debe de pensar algo similar. Si no, nos daría cuentos perfectamente empaquetados, con moño y todo. Cuentos que pudiéramos leer en la cama, a la luz tenue de un velador, para luego dormirnos con una sonrisa beatífica en los labios. Afortunadamente, no es así. Por eso es que los incito a ustedes, lectores, a andar estas páginas y a disfrutarlas y aprovecharlas tanto –y ojalá que más– como yo lo hice.

Carolina Arias>>

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Misiva enemistosa, a modo de advertencia

Antes que nada, quisiera aclarar que lo que van a leer líneas abajo es una parte que fue "sacada" de mi libro por parte de gente responsable de editarlo. El argumento fue: "revela demasiado sobre cómo querés que la gente interprete tus cuentos"; sin embargo, haciendo uso de mi tan temible y reconocido "olfato", me animaría a decir que fue sacado -borrado, expulsado, ninguneado- simplemente porque no gustó.
Quizás por eso, haciendo "justicia poética" con esta carta tan vilipendiada, es que quise publicarla acá, ya que en mi "casa" nadie pone las reglas... ni siquiera yo.

Misiva enemistosa, a modo de advertencia

                                            “Una historia me recordará. Siempre”
                                                                                                    Lima Quintana 

A quien lea estas páginas:

   Lejos de buscar justificar algo de lo escrito, me animo, cual compadrito pendenciero que pretende esperar a su contrincante a la vuelta de la esquina, a buscarle roña. Pero ojo, no vaya a pensar que soy de esos que por cualquier cosas se van a las manos... no no no... No se confunda. Sólo soy un tipo con ínfulas de escritor que busca provocarle.
   Quiero discutir con ud., sacarle una sonrisa o una puteada [lo que le resulte más coveniente], pero bajo ninguna circunstancia toleraría su indiferencia.
   ¿Cómo lo hacemos, entonces? Bueno, la cosa es sencilla: dejando de lado la cuestión farisea de que ud. puede comprar este libro, le aviso que también podrá ubicarme en mi blog. Eso sí, sepa de anteamano que mi blog es como mi casa, así que allá puede que si pasa sin avisar, me encuentre en pelotas, fumándome un pucho tirado sobre el sillón. No es que yo sea un exhibicionista [ni mucho menos], pero en casa suelo ponerme más cómodo, por lo que las cosas que ud. va a encontrar ahí, difícilmente las encontrará en algunas de mis otras publicaciones. Así que siéntase libre de hurgar entre mis pertenencias más privadas. La dirección es fácil, de hecho es la afirmación de la negación de la mirada que tengo de mí mismo, pero si ud., por cuestiones económicas, o por puro vil y desconsiderado amarreterismo no adquiere este ejemplar, tome lápiz y papel [o memorice, según el caso] y anote la siguiente dirección:


   En otro orden de cosas, teniendo en cuenta lo rimbombante del título que elegí para esta misiva, quisiera dejarle un consejo. Este libro no busca ser leído. Mal que me pese [y sobre todo, en desmedro de mis editores], este libro busca ser únicamente una vía de escape, no sólo para mí –en este caso el autor– sino para lxs posibles lectorxs también, porque no concibo una literatura que no se camine, una literatura que quede estática en el lugar donde fue arrojada a su suerte. La literatura tiene que transmitirse, que acompañar al tiempo, a este trascurrir de segundos y, sin ser cómplice de este interminable movimiento terrestre, tiene que conmover... y si es preciso, morir. Mis personajes mueren cada vez que se pasa de hoja, y renacen a ser leídos nuevamente. Así debe ser el sentido de las cosas: la trascendencia a partir de lo que otros cuentan de nosotros.
   Pero me puse metafísico, y no era mi intención. Como dije antes, quería advertirle: estas páginas no dan respuestas, sino preguntas; no resuelven nada, sino que conflictúan; no fueron escritas por amor, sino por necesidad; no buscan agradarle la vida a ud., sino hacerme sentir más acompañando.
   Si ud. cree que soportará el tedio de escarbar en las miserias ajenas y esperar a que surja de entre la podredumbre algún vestigio de humanidad, bueno, entonces tómese el tiempo, pase, recorra y fíjese qué le interesa de estos cuentos. El autor, agradecido.


Cristian Walter
mayo 2014
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¿Así que quiero ser escritor?

Bukowski dice en las primeras líneas de su poema 'so you want to be a writer?' algo así como if it doesn't come bursting out of you / in spite of everything, / don't do it; que traducido diría más o menos algo como 'si no viene de vos como una estampida, a pesar de todo, no lo hagas'. 
Antes que nada, aclaremos unas cuestiones: mi inglés es precario, y mi simpatía por Bukowski, también; no sólo no comparto su punto de vista sobre ciertas cuestiones, sino que, salvo algunos poemas aislados que me conmueven, no encuentro en él la genialidad que cientos de miles de lectores, estudiantes, letrados y críticos ven en este escritor mundialmente reconocido y, aún así, todavía considerado "maldito".
Dicho esto, sigo.
En su poema, el bueno(malo) de Carlitos, nos dice que el deseo de escribir debiera salir de nosotros como un estallido, un golpe, un huracán; que si esto no ocurre, deberíamos dedicarnos a otra cosa... a contar cuántos agujeros traen las galletitas criollitas, por ejemplo (esto lo digo yo, no el pobre-millonario escritor).
Debo reconocer que cuando leí estos versos, empecé a reconciliarme con el muchacho -no es que a él le importe demasiado nuestra antipatía, claro-, pero luego, a medida que continuaba mi lectura, fui perdiendo el interés.
Realmente no creo eso de que uno no deba sentarse a reescribir una y otra vez lo que escibe ('if you have to sit there / and rewrite it again and again, / don't do it'), porque no me gusta esta idea romántica de que el escritor se sienta, espera pacientemente a que las musas desciendan sobre él y le den un sopapo inspirador para que componga la obra maestra de su vida.
No, eso no va conmigo.
Creo que escribir es un trabajo, es un ejercicio constante; si uno se sentara a esperar paciente la palabra justa, la intervención de la divina inspiración, quizás crea, con el paso del tiempo y las palabras, que cualquier cosa que surja espontáneamente de su cabeza será una obra literaria, inclusive la lista de las compras.
'if you have to wait for it to roar out of / you / then wait patiently'... En criollo: si tenés que esperar a que salga de vos como un rugido, esperá pacientemente -o algo por el estilo-.
"El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo", decía mi amigo Roberto Godofredo (Arlt, por supuesto), y creo que no estaba muy equivocado. Escribir es una acción, una conducta y una consecuencia: uno escribe porque lo desea ardientemente, pero también porque algo en el fondo fondísimo de su ser le dice que es exactamente eso: un escritor; y que es eso EXACTAMENTE lo que debe hacer. Después vendrán los críticos y los licenciados en casi todo que dirán si eso que uno escribió es bueno o malo; después vendrán los premios que no se van a ganar y los reconocimientos que nunca llegarán. Pero siempre nos va a quedar la satisfacción de que uno escribe por el sólo deseo de hacerlo.
Escribimos porque algo nos empuja, nos moviliza. Puede ser una melodía, una imagen, un susurro, una frase... siempre habrá algo que nos movilice a escribir; lo importante es hacerlo. 
También nos interpela Charles diciéndonos if you first have to read it to your wife / or your girlfriend or your boyfriend /or your parents or to anybody at all, / you’re not ready... se entiende, ¿no? Si primero se lo tenés que dar para leer a tu esposa o a tu novia o novio o a tus padres (o a cualquiera que pase por ahí), es porque no estás preparado... O sea, si sos un tipo inseguro, miedoso, cauto, tímido... no estás -según Charlie- preparado para ser (to be) un escritor (a writer). Bueno... ¿quién puede determinar a ciencia cierta cuándo uno está preparado y cuándo no? ¿cuál es el momento preciso en que uno dice: "estoy listo y voy a aventurarme en las aguas turbulentas de la escritura creativa, para que el día de mañana se levante un monolito en mi nombre donde diga: <<aquí yace el cuerpo del escritor que supo darse cuenta a tiempo que estaba preparado para escribir>>"? eeeeh, no. Eso no va a suceder nunca. Nadie puede decirnos si estamos o no preparados para decir eso que llevamos adentro. 
Pero no voy a debatir con este multimillonario escritor bohemio y malditamente reconocido... ¡NO! Él habrá tenido sus razones, y las respeto, pero no las comparto ni las profeso.
Para mí escribir es una necesidad visceral, sí, y un deseo irrefrenable, también, pero cada cosa que plasmo en una hoja, en la página de un libro, en una pared o en un boleto de colectivo fue pensado y repensado miles de millones de veces; fue, además, reescrito todas las veces que ha sido necesario, porque pocas veces he tenido la suerte de escribir todo de un tirón, sin errores y con las palabras precisas y exactas; y pocas veces, además, me he quedado conforme con lo que escribí alguna vez, de manera que 'eso' perdure inmutable por los siglos de los siglos.
Muchas veces, releyendo cuentos viejos, poemas, ensayos o simples frases, encontré a otro escritor, no a mí, o mejor dicho encontré a ese alguien que había sido yo... y es entonces cuando me senté a reescribir ese cuento o ese poema o esa frase.

Uno cambia cada segundo de su vida, a pesar de que no lo note, entonces ¿por qué lo que escribimos debe quedar inmutable? ¿por qué no cambiar de opinión o de perspectiva?

Quizás algunos no hayamos nacido con la suerte de mi amigo Carlos Bukowski quien, al parecer tiene la fórmula precisa para ser un escritor... pero bueno, es lo que hay... y muy a su pesar, SÍ QUIERO SER ESCRITOR. 

so you want to be a writer?*

if it doesn’t come bursting out of you
in spite of everything,
don’t do it.
unless it comes unasked out of your
heart and your mind and your mouth
and your gut,
don’t do it.
if you have to sit for hours
staring at your computer screen
or hunched over your
typewriter
searching for words,
don’t do it.
if you’re doing it for money or
fame,
don’t do it.
if you’re doing it because you want
women in your bed,
don’t do it.
if you have to sit there and
rewrite it again and again,
don’t do it.
if it’s hard work just thinking about doing it,
don’t do it.
if you’re trying to write like somebody
else,
forget about it.

if you have to wait for it to roar out of
you,
then wait patiently.
if it never does roar out of you,
do something else.

if you first have to read it to your wife
or your girlfriend or your boyfriend
or your parents or to anybody at all,
you’re not ready.

don’t be like so many writers,
don’t be like so many thousands of
people who call themselves writers,
don’t be dull and boring and
pretentious, don’t be consumed with self-
love.
the libraries of the world have
yawned themselves to
sleep over your kind.
don’t add to that.
don’t do it.
unless it comes out of
your soul like a rocket,
unless being still would
drive you to madness or
suicide or murder,
don’t do it.
unless the sun inside you is
burning your gut,
don’t do it.

when it is truly time,
and if you have been chosen,
it will do it by
itself and it will keep on doing it
until you die or it dies in you.

there is no other way.

and there never was.


*¿Así que quieres ser escritor?


Si a pesar de todo 

no sale de tí como una explosión,
no lo hagas.
a menos que salga, sin reclamarlo, 
de tu corazón , tu mente, tu boca
y tus vísceras,
no lo hagas.
si tienes que sentarte horas
mirando fijamente el monitor
o encorvado sobre
tu máquina de escribir
buscando palabras,
no lo hagas.
si es por dinero
o por fama,
no lo hagas
si es porque deseas 
mujeres en tu cama
no lo hagas
si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez
no lo hagas
si pretendes escribir como alguien más olvídalo

si tienes que espera que salga 

como un rugido
entonces espera pacientemente
si nunca sale de ti como un rugido
dedícate a otra cosa

Si primero se lo lees a tu esposa

a tu novia o novio
a tus padres o a quien sea
no estás listo

no seas como tantos escritores 

no seas como miles de personas
que se dicen escritores
no seas aburrido, fastidioso y engreído
que no te consuma el amor propio
las librerías del mundo
duermen en sus bostezos
por tipos como tú
no te incluyas allí
a no ser que salga de ti
como un cohete
a no ser que tu letargo 
te arrastre a la locura
al suicidio o al asesinato
no lo hagas
a no ser que el sol que llevas adentro
te queme las entrañas 
no lo hagas

cuando llegue el momento de verdad

y seas elegido
eso aparecerá por sí mismo
y así continuará 
hasta que mueras o fenezca dentro de ti

no hay otro camino


nunca lo ha habido


*(traducción: Víctor Bascur Anselmi)



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Incluso

Hubiera dado la vida

e incluso
hubiera dado hasta la muerte
por ver el gesto que hacés al sonreír;

por ver cómo arrugás la frente
o inclinás la cabeza hacia atrás
o cruzás las piernas
y encogés los hombros;

La vida

e incluso,
la muerte
por ver cómo esbozás esa mueca tan parecida a la sonrisa que hiciste la primera vez que te vi, con tus brackets y tus trenzas algo despeinadas.

Te juro

no miento

hubiera dado la vida

e incluso
hubiera dado hasta la muerte.


                          Cristian Walter
                           11 sep 2011
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Lo que mata es la humedad

Lo que sangra es el orgullo,
el olvido premeditado,
los besos que despiertan los murmullos,
el rincón de tus recuerdos reciclados.

Lo que mata es la humedad,
ese adiós sin argumentos,
las miradas que reflejan la piedad,
los silencios que silencian los momentos.

Lo que duele es el después,
el vacío de la palma de mi mano,
los nunca disfrazados de tal vez,
las pasiones eternas de verano.

Lo que cansa es nadar contracorriente,
trepar sin cuerdas ni escaleras,
rodar cuesta arriba en la pendiente,
las promesas que prometen primaveras.

Lo que aturde es el jamás,
la certeza del fracaso repetido,
los comienzos que delatan el final.
[Las mentiras que perfuman lo oídos]
   
                   Lo que sangra
                                        es el orgullo.
                   
             Cristian Walter
            (entre enero y septiembre de 2011)
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Tal vez, hoy...

Tal vez, hoy, mientras
me lleve la bombilla a la boca
y absorba el agua
y vea la yerba hundirse hasta el fondo,
me anime a responder
esa pregunta curiosa que hacés sin hablar
-cada vez que me mirás a los ojos-;

o quizás repita eso de que

             el beso más largo es el que dura un segundo
             y te deja sin aire el resto de tu vida,

o posiblemente aclare
aquello que dije cuando hablé
de que quiero que el resto de mi vida
                                      empiece ya.

Pero

¿sabés qué?

No necesito aclaraciones:
         
             cada vez que te devuelvo el mate vacío
             nos miramos,
             sonreímos

             y, al mismo tiempo,
             no preguntamos

                                     ¿y por qué no?


                   Cristian Walter
                    15 May 2011
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al mundo no le importa si vos llorás (el porqué, Parte II, y cuento)

En otra oportunidad hablé sobre el libro que da nombre a este blog (mi fondito, creo que lo llamé), y dejé para otro momento esto de hablar sobre el cuento que da nombre al libro... es como si abriera una matrioska para sacar la que está adentro, y lo hiciera en un lapso de semanas entre una y otra.
Pero bueno, la cosa es que el cuento al mundo no le importa si vos llorás, que está completo lineas más abajo, surgió sin querer, sin ser buscado, y fue escrito de un tirón, de principio a fin; si bien padeció algunas modificaciones, debo reconocer que el estilo con el que lo escribí siempre estuvo claramente definido. Es más, siendo justo con el resto del libro, este cuento fue el que definió el tono del resto de los cuentos.
al mundo no le importa... da origen al libro: no sólo le da nombre, sino que direcciona las historias y los matices que cada una tiene. Marca un antes y un después en la elaboración del libro como concepto, porque cuando comencé a pensar estas historias -todas las que conforman el libro-, noté que les faltaba "algo" que las uniera, que las amalgamara. A veces uno junta en un libro cuentos que tiene desperdigados por cajones, cuadernillos o el reverso de fotocopias de libros de la facultad o del colegio; los amontona, y se los lleva a una editorial que, a veces sin leer ni aconsejar, los acomoda -más o menos-, los diagrama, diseña una tapa y lo manda a imprimir. Después de un tiempo prudencial, una vez cocido el mamotreto, esta editorial entrega los ejemplares del libro. Pasada la excitación de ver el producto terminado en nuestras manos, leemos el libro íntegramente. Y lo hacemos como si fuera la primera vez que tenemos noticias de las historias que están plasmadas ahí. Es entonces cuando a veces nos percatamos de que hay algo que nos hace ruido, que nos hace pensar que la próxima vez tendremos que ser más prudentes a la hora de publicar.
Quizás por todo esto, le estoy agradecido a este cuento; porque sin él, posiblemente no hubiese encontrado el "sur", el rumbo que quería que mis historias, y mi prosa, tomaran.
Sin embargo, debo reconocer, muy a mi pesar, que no es mi cuento preferido, y aunque le tengo mucho cariño, quizás en otro momento hubiera pasado por el fuego salvador de una parrilla... Pero en cambio acá está, esperando para salir a la luz (o las sombras, según el caso).


al mundo no le importa si vos llorás

  el reloj da las 5:30, volviéndolo a esa realidad menos real que la realidad de los sueños. se levanta sobresaltado, y maldice el movimiento de la tierra, por hacer de la noche anterior un nuevo día. la vida proletaria martilla su cabeza.
  comienza a girar el cuerpo, tomando impulso desde el flanco izquierdo. siempre le resultó difícil girar en el sentido contrario, quizás por ello sólo tiene una mesa de luz, donde deja aquellas cosas que cree necesarias a la hora de dormir, y que, en realidad, sólo representan un estorbo [sobre todo al momento de despertar]: cuando él se dispone a dormir, ni bien adopta posición horizontal, duerme –más de una vez reflexionó en el mañana lo leo sin falta que se decía a sí mismo una y otra vez, cada vez que veía ese conglomerado de postergaciones, junto al velador–.
  logra incorporarse. se sienta en el borde de la cama, y restregándose los ojos con las palmas de las manos, calcula sus obligaciones. mejor lo dejo para mañana.
se recuesta nuevamente. 
  el reloj insiste con su tarea, aunque esta vez el ruido es más potente [nadie puede decir que un reloj, cuya única función es dejar en claro que lo que nunca sobra siempre es el tiempo, emite sonidos: sólo hace ruido, sin importar la hora]. lo mira con desconfianza. ¿cinco minutos más?. eso implica una tostada menos. sí, cinco minutos más. vuelve a cerrar los ojos.
  el teléfono celular se complota y comienza con su bip, incesantemente. la alarma taladra sus huesos, su espíritu. agujerea su cabeza. lo obliga a despertar. uh, cierto. el infame sirve de soporte a su colega cuenta-horas, en la ardua tareas de devolverlo a la realidad despierta. [el problema, claro está, es que esta vez, el ruidoso aparatito se encuentra lejos, obligándolo a levantarse para silenciar sus quejidos].
vuelve a tomar impulso. vuelve a girar hacia la izquierda. vuelve a arrepentirse. sus oídos se acostumbran al gemido que despide su improvisado despertador. ¿cinco minutos más? eso significa café solo, sin leche. o, por lo menos, con leche fría. ¿habrá café en la cafetera? vuelve a cerrar los ojos.
  otra vez el reloj. otra vez el teléfono. un combo insoportable. se tapa las orejas con la almohada. su cabeza comienza a repetir imágenes, incansablemente. recuerda las discusiones con su padre; la vez que decidió cambiar de carrera; las primeras renuncias; los celos infundados; los celos justificados; el abandono; el nuevo trabajo; las nuevas conquistas [¿cómo se llamaba la rubia? ¿Mía?]; los miércoles de fútbol; los feriados de pesca; los regresos anticipados; los zapatos debajo de la cama [zapatos que no eran suyos]; los gestos reveladores; las nuevas discusiones; las nuevas decisiones; los nuevos abandonos; las nuevas renuncias [que en realidad, son las mismas de siempre]; el nuevo trabajo; ¿y ahora? el despertador y el teléfono complotados.
  sabe bien que no todas las batallas pueden ganarse, y decide rendirse a sus obligaciones. se incorpora. maldice el traje negro con finas líneas grises, que lo aguarda en la silla, al otro lado de la habitación. ¡esperá que primero me baño!
  el agua recorre su cara, despabilándolo con cada gota suicida que se estrella contra su piel. el reloj vuelve a sonar. se olvidó de desconectarlo, o no quiso hacerlo para tener noción de que cada vez tenía menos tiempo [como si no lo supiera]. el agua lo relaja, lo despierta; a lo lejos, el murmullo del mundo le reclama su ausencia. pero el agua esta ahí, haciéndolo sentir bien [siempre amó el agua; el verano en la costa; los carnavales; los días lluviosos, deambulando sin paraguas por las calles; el ruido de la lluvia golpeando la ventana y el techo de chapa de la ‘casa vieja’; el olor a tierra mojada; ¿pronosticaron lluvia para hoy? mejor llevo el paraguas]. se niega a salir. el teléfono exige su presencia. ¿cinco minutos más? sumando y restando: ni tostadas, ni café, ni leche fría. yogurt con cereales, y para comer en el camino.
  completamente seco, afeitado y perfumado, empieza a vestirse. le lleva un poco de tiempo [más del habitual] el nudo de la corbata. sus manos se niegan a trabajar correctamente, dificultándolo todo. ¿será una señal?
  el reloj vuelve a sonar. último aviso. no hay más tiempo. debe salir corriendo, previa parada en la heladera para buscar el desayuno, y así llegar justo al subte. el tráfico debe estar insoportable para ir en bondi.
  camina acelerado. la ciudad despide las últimas sombras de la noche. las palomas, en la plaza, comienzan su diario trajín. llega a la escalera del subte. pasa frente al puesto de diarios. rodea al vendedor de alfajores. salta a un perro vagabundo. esquiva a los niños que van camino a la escuela. sube al vagón atestado de gente. vendedores ambulantes pasan a su lado, golpeándole la espalda con sus cajas. instintivamente, toca los bolsillos de su pantalón [billetera, documentos, monedas, llaves. sí, está todo]. sus compañeros de rutina, poco a poco, van abandonando el camino. el subte se va deshabitando, pero él continúa. su viaje siempre es el más largo. recuerda la cama. 
  mira el reloj pulsera. ¡uy, es tarde! [o temprano] se pregunta qué hace la gente normal a esta hora. piensa en la gente normal. gente como sus padres; profesionales respetables; contador y arquitecta. papá trabaja por su cuenta. cuenta con auto [él no está viajando en subte a su trabajo, ni llegando tarde]; cuenta con estudio propio; cuenta con vacaciones en el extranjero; cuenta con sus trajes caros; cuenta con amigos influyentes; cuenta con otra familia; cuenta con varias propiedades; cuenta con evasión de impuestos; cuenta con amantes de ocasión.
  mamá, en casa. trabajando en proyectos importantes; independiente; ajena al mundo; crítica de los que pierden el tiempo criticando la realidad social [ésa que es diferente a la realidad de sus sueños]; preocupada por cómo va a vestir en la reunión de hoy; absorta en los aromas de los perfumes; ahora la ve riendo a carcajadas [y pensar que en su juventud era hippie… y soñaba con el ‘amor libre’… tipo de amor en el que aún cree su padre]; ocupada en dar órdenes precisas a sus empleadas; contando los escalones al bajar la escalera; midiendo la distancia de los cuadros, besando la foto familiar; dibujando un gesto de aprobación al ver el rostro sonriente de su hermana.
  se acomoda en su asiento. [¿cuántas estaciones faltan?] no, todavía no me pasé. hace sonar sus dedos. calcula la cantidad de cuadras que va a caminar. llega a destino. baja empujando a la gente. sube corriendo la escalera mecánica. choca con una joven que deja escapar de sus manos el café que llevaba. pide disculpas. recibe una sonrisa de respuesta. el aroma del café le recuerda el desayuno que no tomó. no importa, lo guardo para el mediodía.
  acelera el paso. sabe que su jefe está esperándolo. hoy no es el gran día, pero requiere su presencia. su función dentro de la empresa va a ser más importante [por lo menos eso fue lo prometido]. ya empieza a sentir la mirada inquisidora de sus  colegas; más de uno está envidioso de su ascenso; más de uno desconfía de sus capacidades.
  falta menos. a lo lejos, un taxi embiste a otro vehículo. gritos. la ciudad comienza a despertarse [y a desesperarlo]. seca el sudor de su frente. su estómago reclama comida. mañana me levanto más temprano.
  suena el celular. evita atenderlo. sabe que ‘esas no son horas de llegar’. cinco cuadras más, sólo cinco. los perros pasean a sus dueños. ¿hoy es miércoles? esquiva los charcos de la vereda, los papeles que escaparon de los cestos, los vendedores de diarios, los turistas, los carteros, los mozos, los fumadores. ¿hace cuánto que había dejado de fumar? [tres o cuatro meses; no mucho más; una eternidad. no cuenta ese pucho en la casa de Marcos, de la semana pasada. la semana pasada no cuenta. estaba eufórico, había que celebrar. en los días así, vale todo]. compra en el kiosco chicles de menta y un paquete de galletitas dulces. [¿qué son cinco minutos más?]. ¿qué le hace una mancha más al tigre? sonríe. continúa caminando. llega al edificio. vuelve a sonar el celular. saluda al de seguridad. ¿siempre tan amargo? sube por el ascensor. trata de bajar las pulsaciones, respirando profundamente [su ex le había enseñado ese truco. ella sí era profesional; ella sí tenía un trabajo de verdad; ella sí había estudiado una carrera que sirviera para pagar una casa grande; ella sí se parecía a su padre, un abogado prestigioso; ella sí se parecía al padre de él, un traidor infiel; ella sí era aceptada por la arquitecta; ella sí quería un futuro cómodo; ella sí triunfaba; ella sí era respetada; ella sí tenía un amante; ella sí quedó embarazada de otro tipo; ella sí lo abandonó en su peor momento, ella sí…]. llega al piso correcto. pasa de largo la recepción; pasa sin saludar [no hay tiempo]. la secretaria lo mira sorprendida. trata de decirle algo, pero él no la escucha. se arrastra en el aire hasta llegar a la oficina [esa que todos envidian por la cantidad de ventanas que tiene; esa que va a pintar de celeste o verde manzana porque no quiere que sea completamente blanca; esa que va a decorar con algún cuadro suyo –porque él pinta, y escribe, y sueña– ; esa que va a ser su hogar por muchas horas, durante muchos días, por los próximos años]. se paraliza frente al picaporte. respira profundo. aún no pusieron el cartelito que llevará su nombre, donde dirá subsecretario principal. gira la perilla; abre la puerta; entra a la oficina. 
  pero no está vacía: está llena de cuadros [que él no eligió], de libros, de papeles. un hombre sentado detrás del escritorio que era suyo, que le había sido entregado por derecho propio, levanta la cabeza y lo mira absorto. ¿cómo que quién soy?. no está su nombre en la puerta, pero todos saben que es el subsecretario principal. empiezan los gritos, las acusaciones de usurpación, las amenazas de llamar a los de seguridad [sí, a ése que siempre está de malhumor]. llega un hombre, alto, de pelo castaño, anteojos y barba de tres días: su jefe. lo mira sorprendido. le desliza una pregunta. ¿un telegrama? ¿qué telegrama? palabras como cesantía, impuntualidad, recorte, personal, se suceden, unas tras otras. no sabe qué decir, qué pensar. ¿y el pucho en la casa de Marcos? sabe que estaba festejando. gritos. sillas que se caen. escándalo. unos brazos que lo toman por la espalda y lo arrojan a la calle. se siente desorientado. comienza a caminar de regreso a su casa. suena la sirena de una ambulancia.
  el reloj da las 20:30, volviéndolo a esa realidad menos real que la realidad de los sueños. se incorpora. va directo hacia el baño. el agua helada moja su rostro. se viste. toma un mate cocido con pan duro. se calza las zapatillas. agarra el carrito, y comienza a revisar la basura [antes que pase el camión], silbando una canción y pateando las piedritas de la calle.

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