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El idioma hegemónico*

  –¿y ése? –preguntó curiosa.
  –Ése tiene forma de elefante –respondió la otra con aires de docente; aunque no sabía si era un elefante porque no conocía los elefantes, o los conocía pero no los llamaba elefantes; ese nombre fue impuesto por ellos, por aquellos, por los otros, no por ellas. Ellos nombraban a las cosas, rotulándolas con un idioma desconocido, con un idioma que a garrotazos fue llamando tigre a los tigres, cebra a las cebras, elefante a los elefantes. Ellas repetían el idioma hegemónico sin entender bien por qué lo hacían.
  –¿y aquél? –preguntó de nuevo la más chiquita.
  –¡qué sé yo! –respondió la otra con fastidio, mientras seguía mirando hacia abajo tratando de encontrarle forma a las  cosas.
  Luego, aburrida por el juego y abatida por la conformidad general, abrió su pecho y abandonó su amargura sobre la Tierra.

  Esa tarde llovió sesenta milímetros sobre el zoológico de la Capital. Quienes caminaban cerca juraban que el agua de la lluvia tenía un triste sabor salado.


*publicado en el libro TRAZOS TRIZAS TROZOS (cantamañanas, 2011)
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*Esa pelotita

  Tiemblan las sombras de frío y tiritan detrás de las lápidas. Saben que el aullido de la tierra húmeda es provocado por cada maquinalmente calculado cuchillazo de la pala de punta que la penetra, al tiempo que brilla resplandeciente y deja escapar la sonrisa socarrona.
  La brisa siente miedo y se queda agazapada en un rincón del cementerio.
  Las hojas evitan el bailoteo y los árboles están más silenciosos que de costumbre.
  El perro se lamenta la pérdida de su amo y se pregunta por qué cruzó la calle en busca de esa pelotita color rojo sangre.

*publicado en TRAZOS TRIZAS TROZOS (cantamañanas, 2011)
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